martes, 4 de febrero de 2014

Amaneceres musicales

Hay días en que tu cabeza se llena de una bola de palabras y frases sin sentido que buscan la manera de moverse a un mismo ritmo y que no encuentran la salida al delicioso exterior de deseos mundanos infinitos.

Hay tardes de lluvia y sol cuando lo único que buscas es una hermosa compañía que comprenda tus debrayes sin hacer una sola pregunta.  Hay también noches melancólicas en las que antiguos sentimientos que creías enterrados resurgen en un instante y te vuelven vulnerable con una nostalgia incontrolable. 

Pero así como hay mañanas y tardes lluviosas y alegres, y atardeceres y medias noches amargas y tristes, también hay días en que el sol surge de entre la montaña y te roba una sonrisa; y el día te agradece que hayas despertado temprano con esa brisa fresca de olor a naturaleza y humedad: exquisita compañía para el café...  y la música siempre estará allí para hacerte sentir vivo.


Siempre he pensado que la música es definitivamente lo único que llevaría al final de mi viaje: es como un pequeño duende capaz de hacerme sentir, de acompañarme, de hundirme y sacarme de lo profundo de mis pensamientos; de divertirme, de hacer que mi mente vaya y venga una y otra vez a lugares infinitos, a otras realidades... y volverme a traer y plantarme en un eterno pasado y un eterno futuro, y un presente que nada tiene que ver con la delirante locura que habita en esta abstracta utopía.

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