Hay días en
que tu cabeza se llena de una bola de palabras y frases sin sentido que buscan
la manera de moverse a un mismo ritmo y que no encuentran la salida al
delicioso exterior de deseos mundanos infinitos.
Hay tardes
de lluvia y sol cuando lo único que buscas es una hermosa compañía que
comprenda tus debrayes sin hacer una sola pregunta. Hay también noches melancólicas en las que
antiguos sentimientos que creías enterrados resurgen en un instante y te
vuelven vulnerable con una nostalgia incontrolable.
Pero así
como hay mañanas y tardes lluviosas y alegres, y atardeceres y medias noches
amargas y tristes, también hay días en que el sol surge de entre la montaña y
te roba una sonrisa; y el día te agradece que hayas despertado temprano con esa
brisa fresca de olor a naturaleza y humedad: exquisita compañía para el
café... y la música siempre estará allí
para hacerte sentir vivo.
Siempre he
pensado que la música es definitivamente lo único que llevaría al final de mi
viaje: es como un pequeño duende capaz de hacerme sentir, de acompañarme, de
hundirme y sacarme de lo profundo de mis pensamientos; de divertirme, de hacer
que mi mente vaya y venga una y otra vez a lugares infinitos, a otras
realidades... y volverme a traer y plantarme en un eterno pasado y un eterno
futuro, y un presente que nada tiene que ver con la delirante locura que habita
en esta abstracta utopía.
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