El agua cae, perfecta, dentro de un verde marco de altos pinos que esconden impecablemente la dorada luz del sol. Las nubes bailan, tranquilas, en ese inmenso mar azul claro que dibuja sonrisas de algodón e ingenuas ilusiones, para más tarde ponerse su disfraz nocturno colmado de un gran arsenal de lucecitas centelleantes que acompañan, radiantes, a una luna tímida que apenas llega cuando ya amanece.
Al mirar hacia abajo, un vasto y lejano horizonte se oculta tras el nostálgico ocre de los troncos, las apacibles hojas grises, las montañas azuladas y el elegante traje blanco de un volcán extinto en el olvido. La naturaleza se hace casi imperceptiblemente presente en la hierba silvestre, el incesante canto de los pájaros y los delicados murmullos del viento entre los árboles. El jovial riachuelo que no olvida su cauce, choca ligero contra las rocas húmedas y cansadas en un profundo silencio misterioso, capaz de conceder los deseos más extravagantes, mientras permanezca la dulce sensación de la fresca brisa rozándote la cara.
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